El Síndrome de Stendhal y muchas cosas bonitas.

Las curiosidades sobre cualquier tema son como bombones para la sociedad, rápidos de consumir y llenos de sabor. Tal vez por eso triunfan tanto. Y tal vez este sea el motivo por el que han nacido los síndromes más raros descritos por la medicina, como el síndrome de Stendhal. Por la necesidad de ver curiosidades donde tal vez no las hay. Bueno, por eso y por el placer de publicar para engrosar el currículum, por supuesto.

Ejemplos relativamente conocidos son el “síndrome de Jerusalén” donde al viajar a lugares santos, el paciente siente que es el nuevo mesías. O el “síndrome de París“, en el cual, el paciente es por definición japonés y al viajar a París comienza a sufrir alucinaciones, delirio persecutorio, mareo, taquicardia, sudores… Vamos, que gozan como nadie de la ciudad de la luz. O la liztomanía, que consistía en elfrenesí emocional que sentían las “groupies” del apuesto genio de la música, Franz Liszt durante sus conciertos.

Sin embargo, me atrevo a decir que ninguno de los síndromes que conforman este ranking de lo extraño es tan conocido como el síndrome de Stendhal, también llamado síndrome de Florencia o “del viajero”. De hecho es tan popular que hasta da nombre a una película.

 

“Stendhal origins”.

Stendhal (Henri-Marie Beyle)
Retrato de Stendhal.

Empecemos por el principio: ¿Quién era Stendhal? Stendhal, realmente llamado Henri-Marie Beyle, fue un escritor de finales del XVIII principios del XIX. Nació en Grenoble, Francia, en 1783. Huérfano de madre y con un padre en prisión, el joven Henri se dedicó a estudiar matemáticas en la escuela central de Grenoble para luego empezar a trabajar en el Ministerio de Defensa.

Las casualidades de la vida no tardaron demasiado en destinar a Henri a Italia como subteniente de dragones. Y es que fue precisamente allí donde dio comienzo la leyenda de este síndrome.

Stendhal desarrolló en seguida un profundo amor por la cultura y el arte italianos. Desde la música de la mano de Domenico Cimarosa y Gioacchino Rossini (del cual fue biógrafo) hasta la literatura romántica al tomar contacto con la revista “Il Conciliatore”. Esta última marcaría su estilo literario de por vida. Pronto, la vida intelectual llega a atrapar tanto a nuestro protagonista que decide dejar el ejército para hacerse funcionario de la administración imperial.

Welcome to Florencia.

Una vez puestos en contexto podemos entrar en el meollo del asunto. Florencia, 1815; un joven Stendhal llega por primera vez a los pies de la basílica de la Santa Croce, admira su fachada y entra. Allí se encuentra rodeado por los magníficos frescos de Giotto, y de pie sobre la sepultura de Maquiavelo y Galileo. Stendhal era un intelectual sensible, amaba el arte y entendía la belleza científica de la figura de Galileo y la complejidad de la personalidad de Maquiavelo. Pero tanta belleza y tanto significado empezaron a despertar algo en él, algo al margen de la emoción del momento. Su corazón cada vez palpitaba más fuerte, su vista se nublaba y sus pies no le eran tan fieles como de costumbre. ¿Qué estaba ocurriendo?

Basílica de la Santa Croce. Donde Stendhal sufrió su síndrome.
Basílica de la Santa Croce.

Dos años después Stendhal deja constancia de este evento en su libro “Nápoles y Florencia: Un viaje de Milán a Reggio” donde dice:

«Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme».

En una ironía del destino, la ciudad que más hondo había calado en su alma, terminó por acusarle de espionaje al volver a ella tras varios años vagando por Europa petate al hombro. Stendhal terminó por ser expulsado de Florencia y se vio obligado a volver a París. Durante el resto de su vida se enfrascó en sus novelas y en el trabajo que consiguió en un periódico, donde pudo difundir el estilo romántico que le había enamorado en su juventud florentina. Así fue como dio vida a obras como “Rojo y Negro” o “La cartuja de Parma” que mediante un afinado análisis psicológico y social de sus paisanos le han valido un indiscutible puesto entre los escritores más virtuosos del siglo XIX.

En 1842 Stendhal sufrió su segundo accidente cerebrovascular. Perdió la consciencia en plena calle y no recuperó el conocimiento hasta su muerte, un día más tarde.

 

Entra el psicoanálisis.

Hasta aquí todo iba bien, un genio de vida itinerante y gran amante del arte

Psiquiatra y psicoanalista Florentina. Ella registró el síndrome de Stendhal como tal.
Dra. Graziella Magherini.

que había pasado por un episodio momentáneo de agobio. Todo estaba claro (y olvidado) hasta que en 1979, Graziella Magherini, una psiquiatra y psicoanalista florentina, empieza a describir casos similares entre los turistas que llegan a su hospital. Supongo que la Dra. Magherini se puso en seguida manos a la obra para recoger los datos de los más de 100 pacientes que llegó a describir con estos signos. El siguiente paso fue, a ciencia cierta, publicar su libro en honor a nuestro amigo, “El síndrome de Stendhal: El malestar del viajero frente a la grandeza del arte”. En él, la doctora, describe la clínica que presentan los pacientes (vértigo, taquicardia, confusión e incluso depresiones) como el producto de la exposición a una gran cantidad de estímulos artísticos de inconmensurable belleza; o como diría Rajoy “muy arte y mucho arte”.

 

Uno puede creer que hubo más investigación científica de fondo antes de aseverar que existía una patología tan extraña como la descrita, pero parece ser que no. Según está recogido, la investigación de la Dra. Magherini no calculó ni siquiera qué porcentaje de turistas mostraban estos síntomas, para cuanto menos compararlos con los casos en otras ciudades menos… ¿Artísticas?

 

Lo que dice la ciencia de verdad.

Estudios posteriores hecho con más rigor han encontrado que estos casos ocurren ante cualquier tipo de exposición a emociones intensas, sean de la naturaleza que sean. De hecho, algunas investigaciones apuntan a que uno de cada cuatro viajeros frecuentes sufrirá en algún momento de sus vidas un caso parcial de síndrome de Stendhal. Y es más, parecen haber encontrado que estos síntomas son estimulados por el hambre, la sed, el cansancio y las altas temperaturas cuando se combinan con estas emociones intensas.

Si lo pensamos un poco, tiene cierto sentido: El calor de la Toscana, el cansancio por recorrer a pie la ciudad, la sed por lo que cuesta una botella de agua en las zonas turísticas… Parecen detonantes típicos de la vida del viajero. De hecho, estoy por apostar que Albacete en agosto estará cargadita de síndromes de Stendhal, y no será por el arte. Es más, sabemos que Stendhal fue directamente a la Santa Croce nada más llegar a Florencia tras un largo viaje en carromato. Este cansancio, sumado a la no muy buena salud que caracterizaba a este hombre desde que era niño, restan no poca importancia al estímulo artístico.

Sin embargo, otros artículos encuentran que existe una activación de áreas concretas relacionadas con la percepción artística durante las crisis de estos pacientes. Estos estudios apuntan a que el origen de esta sensación de éxtasis sea similar a las experiencias espirituales experimentadas en pacientes cuyos lóbulos temporales y/o sus ínsulas están siendo estimuladas.

Pero entonces, ¿existe el síndrome de Stendhal? La respuesta parece algo difícil. Si bien es evidente que algo pasa, también está bastante claro que el estímulo artístico no parece tener el monopolio de estos síntomas. Lo cierto es que el síndrome de Stendhal no es reconocido por la OMS y por lo tanto no se incluye en su CIE-10, ni en ninguna edición del DSM (Manual de diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales). Actualmente la explicación más aceptada es que el síndrome de Stendhal no es más que un trastorno psicosomático donde el estímulo concreto ha resultado ser “la percepción de belleza” (Sócrates se pondría contentico con esa definición)

 

¿Qué es una enfermedad psicosomática?

Pero… ¿Psico-qué? Los trastornos psicosomáticos se caracterizan por la presencia de síntomas físicos en un paciente en el cual hemos descartado que exista una causa física suficiente para producirlos. Esto hace que se apunte por defecto a un posible origen psicológico. El síndrome de Stendhal se encontraría en el continuo que define a esta patología. En algún lugar entre los casos más leves y los más intensos (como el síndrome de Briquet que llega a incluir síntomas sexuales).

Estos trastornos son tratados por la llamada psiquiatría psicosomática o de enlace, y llega a suponer un coste nada despreciable para el sistema. Pueden parecer fruslerías, pero hay pacientes que viven con un dolor incesante, muchas veces mal diagnosticado. El peligro de esto es que un tratamiento siempre conlleva unos riesgos. Y someter a estos pacientes a constantes terapias para una enfermedad que no tienen, sólo les expone a que acaben siendo dañados por aquello que los intenta curar (iatrogenia). La impotencia de esta situación, y en algunos casos la falta de empatía y formación del personal sanitario, empuja a estos pacientes a los brazos de charlatanes, en especial la medicina ayurvédica y el psicoanálisis, como el de nuestra amiga la Dra. Magherini.

Para complicar más la situación, también es frecuente que, los pacientes correctamente diagnosticados a los que se les ofrece un tratamiento adecuado lo rechacen de pleno, porque no reconocen que su problema físico pueda ser producto de su situación psicológica e invierten la correlación.

Algo así como:

-¡Pero que voy a estar yo deprimido, doctor! Es esta jaqueca, que me tiene harto.

No creo que haya nadie que lo haga al revés y diga “Hágame caso, el problema es que estoy agobiado. Por eso tengo un picahielos en la escápula” Bueno, tal vez los seguidores de la bioneuroemoción sí dirían algo así.

Pero ¿cómo se originan estos síntomas psicosomáticos? ¿por qué algunos los experimentan y otros no? Muchas personas acuden a diario a Florencia y hasta el día de hoy las calles no se han visto infestadas de sujetos taquicárdicos y tambaleantes… excepto los jueves noche, por supuesto.

 

¿Puede ocurrirme a mi?

Parece ser que dos tercios de estos pacientes asocian alguna enfermedad psiquiátrica, y muchos otros presentan desórdenes de la personalidad y abuso de sustancias; pero estas no parecen causas suficientes.

Lo cierto es que la confusión aumenta todavía más cuando tenemos en cuenta que otros estudios relacionan esta patología con abusos sexuales, enfermedades de la infancia y un larguísimo etcétera de tramas dickensianas. Esto, si bien puede significar que no se tiene ni idea de por donde cogerlo, también puede ser un indicador de que lo que entendemos como un continuo del mismo espectro, es en realidad, un conjunto de patologías diferenciadas.

En resumen, el Síndrome de Stendhal fue definido de forma no científica por una psicoanalista, olvidandose de los trastornos psicosomáticos. Para rematarlo desempolvó un párrafo de una novela de ficción escrita más de 150 años antes por un novelista romántico. Dicho así suena con poco fundamento, pero a veces un mito es sólo eso, una historia corriente adornada con romanticismo.

Hay muchas moralejas posibles para esta historia, pero mi favorita es: “Si vas a una ciudad turística llévate tu propia botella de agua”.

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